El artículo Ciertos delitos terribles fue publicado por el juez español Joaquín NAVARRO ESTEVAN en LA ESTRELLA DIGITAL el 15 de junio de 1999


      Ciertos delitos terribles

      Joaquín Navarro Estevan

      Los señores de la guerra están condenados a exhibir su júbilo por la "victoria". Conmueve verlos y oírlos hablar del gran triunfo de la OTAN sobre Yugoslavia, de los principios éticos que les hicieron recurrir a la guerra y del aviso que ello puede y debe suponer para los Milosevic de todas las especies. El problema es que son muy pocos los que creen tales sandeces y que la realidad sigue siendo, pese a los cuentos que nos cuentan, tan terca y tozuda como siempre. Una muestra especialmente desagradable para los otánicos de toda la vida ha sido la reacción de la revista "The Economist". En medio del jolgorio ha dicho lo que sigue: "Sin hablar ya de los verdaderos errores, cualquier investigación desapasionada del conflicto va a encontrar, casi con toda seguridad, que los aliados son culpables de ciertos delitos terribles". Ya lo había adelantado el Tribunal Internacional de La Haya (el de verdad, no el especial para los crímenes de guerra en la ex-Yugoslavia) cuando desestimó la petición serbia de que ordenase la inmediata suspensión de los bombardeos: la guerra planteaba problemas muy graves para el Derecho Internacional.

      Y tan graves. Ni un solo jurista de prestigio avala la licitud y la legalidad de la guerra. La OTAN violó abiertamente la carta de la ONU al despreciar cualquier mandato expreso del Consejo de Seguridad. Si la llamada "injerencia humanitaria" se realizase al margen de la ONU y de espaldas a su Carta, más de ochenta guerras estallarían al mismo tiempo en otros países en que se pisotean los derechos humanos con igual o mayor ferocidad que en Yugoslavia. La relación es conocida por todos: Turquía, Chechenia, China, Colombia, Marruecos, Argelia, Birmania, Etiopía, Indonesia, Sierra Leona, Ruanda, Somalia, Guatemala, Perú, Afganistán, con sólo poner unos cuantos ejemplos, podrían, de pronto, ser objetivos legítimos del derecho a la injerencia humanitaria ejercido en nombre de la comunidad internacional. Y bastaría la existencia de un Tribunal Penal Internacional de carácter permanente para que, en estos mismos momentos, muchos señores de la guerra -Clinton a la cabeza- estuviesen sentados en un incómodo banquillo para responder de sus crímenes contra la paz y contra la humanidad. La guerra de todos contra todos sería la primera realidad del nuevo siglo. En nombre de los derechos humanos, la Humanidad sería destruida.

      Para que esto no sea así, hace falta, más que nunca, la lucha por el Derecho, el respeto a ese Código ético de mínimos que son la Declaración Universal de Derechos Humanos y los Pactos Internacionales de derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales. No se puede seguir transitando por la vía de la imposición de un solo país acompañado por sus satélites y sus acólitos. No cabe seguir fundando el Derecho en la coacción y la prepotencia de un pequeño núcleo de países que se vayan inventando las leyes internacionales allí donde les plazca y como les pete. Que los países agresores de la OTAN tengan que celebrar sus bodas de sangre (o de oro ensangrentado) para intentar legalizar "a posteriori" su agresión contra Yugoslavia, que violó el Derecho Internacional y su propio Tratado constitutivo, es un escándalo jurídico y ético del que será muy difícil resarcirse. A menos que Clinton y compañía piensen como el Ricardo III de Shakespeare: "Conciencia es palabra que emplean los cobardes para intentar frenar a los fuertes; sean nuestros brazos la conciencia y las espaldas nuestra ley".

      Por terribles que hayan sido los "daños colaterales" en personas y bienes, ninguno mayor que el desprecio a la legalidad internacional. La fuerza ha sustituido al Derecho. Aparte de que el fin nunca justifica los medios y la eficacia nunca es excusa para la injusticia, es que la guerra no ha conseguido ni los fines perseguidos ni eficacia real alguna. Milosevic se negó a aceptar en Rambouillet dos condiciones esenciales: que la OTAN tuviese libertad de movimientos en toda Serbia (no sólo en Kosovo) y que al cabo de tres años los kosovares decidiesen en un referéndum su independencia. Ninguno de ellos se ha obtenido en los acuerdos de paz. El general Jackson, máximo jefe militar de la OTAN, firmó en Kumanovo tres condiciones que patentizan el "éxito" guerrero de los aliados: Kosovo seguirá siendo yugoslavo para siempre, los aliados de la OTAN no tendrán nada que hacer o decir en Serbia y Montenegro y la guerrilla kosovar deberá desaparecer.

      ¿Dónde están los fines y la eficacia de la guerra?. La enorme tragedia de los deportados, las muertes y las destrucciones masivas son el fruto de la victoria. Con Milosevic en el poder. Se dijo que la guerra no era contra el pueblo serbio, sino contra Milosevic y demás verdugos. Pero Milosevic y los suyos siguen y el pueblo serbio ha pagado con mucha sangre, dolor y desolación la agresión de la OTAN. Y, para mayor inri, ni tan siquiera se ha comprometido la OTAN a entregar a Milosevic al Tribunal Penal Especial para los crímenes de la ex-Yugoslavia, que ha sido desprestigiado y humillado después de que la fiscal canadiense, agobiada por las presiones USA, dictase el procesamiento del líder serbio en los últimos días de la guerra. Sólo el de Milosevic y dos más. Serbios, por supuesto. ¿Nadie más ha cometido atroces crímenes de guerra y contra la humanidad?.

      Un tribunal sometido al poder militar y político es una vergüenza. Ya nadie puede creerlo. Su presidente -norteamericano por supuesto- debe pensar como Ricardo III: sus brazos son la conciencia y su espada la ley. Con razón USA sigue negándose a la creación de un Tribunal Penal Internacional de carácter permanente. Su nuevo orden mundial iría directamente al banquillo de los acusados. Por lo pronto, el baile de unos y otros para llegar cuanto antes a Kosovo y disputarse el honor de la primacía en unos u otros sectores ha sido propio de una ópera bufa. Recuerda el reparto del botín de cualquier asociación de malhechores. O, sencillamente, el baile de los malditos sobre una tierra harta de sangre, de odio y de iniquidad.

      comunismo o caos: el capitalismo mata a la página principal